III
LA LIBRERÍA
En literatura, el producto del trabajo
esté en razón inversa a su importancia.
Adisson
Mas volviendo a nuestro anónimo escritor, a quien hemos dejado con su manuscrito bajo el brazo, salvándole cual otro Camoens de los embates de las olas, sigámosle paso a paso en sus diligencias ulteriores hasta ver realizado el objeto de sus esperanzas.
Por de pronto le encontraremos corriendo una a una todas las imprentas de Madrid, y cotejando formas, y demandando precios, y escogiendo papel, y reduciendo, en fin, a números todas las circunstancias del contrato, hasta arreglar convenientemente sus bases.
Pocas cosas hay tan entretenidas como ver a un literato ajustar una cuenta o formar un cálculo, con aquella pluma con que suele volar por las vagas regiones de la fantasía. La falta de práctica y su escaso conocimiento de los guarismos, le hacen equivocar a cada paso la cuenta; y suma y multiplica, y vuelve a sumar y multiplicar, y unas veces saca mil y otras un millón; y quien de 24 quita 6 deja 40, y llevo 7; dos mil ejemplares vendidos a duro, hacen 200.000 duros; rebajados 500 por el coste de su impresión, quedan 150.000 duros limpios de polvo y paja... ¿A dónde vamos a parar?
Que se ajustan, en fin, literato e impresor, y que empieza la tarea de la composición y la corrección de pruebas, y el ajuste, y el pliego de prensa, y la tiración y retiración, y las capillas, y el alce y el plegado: y mi autor en algunos meses no sabe qué cosa es dormir, ni sosiega un solo instante; y unas veces riñe con el regente de la imprenta por la tardanza, y otras con los cajistas por la precipitación, y se desespera por una errata, porque en vez de tu mano esquiva le han puesto tu mano de escriba, o en lugar de memoria póstuma han estampado memoria postema, u otros quid pro quos tan inocentes como éstos, en que suelen incurrir los inocentes cajistas.
Llega por fin el suspirado momento en que ya corrientes y encuadernados los ejemplares de impresión va a proceder a la venta, y una mañanita muy temprano sale mi diligente autor a revistar uno por uno todos los esquinazos de Madrid, donde ha hecho fijar grandes cartelones con letras tan grandes como todo el libro; y se aflige y desespera porque unos los encuentra demasiado altos, y otros demasiado torcidos; cuáles empezados a rasgar; cuáles rasgados del todo; éstos cubiertos por un anuncio de novillos; aquéllos ofuscados por una función de cofradía. Pero se consuela con que en aquel mismo día la Gaceta y el Diario han anunciado su obra en términos precisos, y que ya de antemano ha regalado un ejemplar a todos los periodistas de Madrid, los cuales en conciencia no podrán menos de decir que la obra es excelente y el autor un buen sujeto, con la demás música celestial de costumbre, no olvidando al final la librería donde se vende o se quiere vender.
Y aquí llamo la atención de mis lectores no madrileños, para hacerles un pasajero bosquejo de lo que es una librería en nuestra heroica capital.
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Por Ramón de Mesonero Romanos, fragmento de artículo incluido en el capítulo Costumbres literarias, que forma parte del libro Escenas y tipos matritenses.