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IV
Lili de la laguna
Lili, Lili de la laguna, Lili, la de la cara tersa de niña y los senos apretados en el corsé demasiado ajustado, Lili, la de la mirada de gotas de obsidiana, Lili, la que vino del fondo de la montaña, de Yalalag, de Oaxaca, Lili, a quien encontré frente a la cabaña de ladrillos sin mortero y techo de lámina, al borde de la laguna de Orandino. Yo me imaginé que ella estaría esperándome, que ella sabría que yo vendría.
Cuando llego, la veo al final del camino de tierra. Está sentada frente a la puerta de la casa, vestida con un pantalón demasiado ancho y una camiseta que lleva escrito: Euskadi radial; algo para camioneros.
No es mucho más alta que los niños que juegan a los quemados en la calle, golpeando con palos las latas de conservas como si fueran bates y pelotas. Lili tiene la cara muy redonda, una boca ancha, cabellos negros bien peinados y un flequillo que le cubre la frente hasta donde empieza la nariz, ocultándole las cejas. La reconozco inmediatamente, gracias a la foto que me dio Ariana, pero también porque he soñado con ella. Lo que reconozco es su mirada; una mirada directa, limpia, con una estrella de luz que brilla en sus profundos iris.
Le hablo sin saber qué quiero decirle. Creo que en este momento no tengo nada que decirle. Digo: Señorita, con su permiso, yo quisiera... Pero no continúo, y ella me mira sin sorpresa. No quiero sino quedarme de pie bajo su sol, y que ella mire mi sombra.
No vine para hablarle, para intercambiar nombres y direcciones, preguntas y respuestas. Parece que lo único que ella espera es que yo me aparte de su sol; lo hago y me siento en cuclillas a su lado, le ofrezco un cigarro. Quisiera pedirle perdón, perdón por todo lo que los hombres le han hecho, perdón por las humillaciones, las risas despectivas.
Perdón por haberla arrancado de la tierra donde nació, por haberla entregado a los verdugos. Por el incesto, la violación, la destrucción. Por haber hecho de su cuerpo un objeto de venta. Y perdón por haber hecho de él un objeto de estudio, por haber sido cómplice de la mirada indecente de los estudiantes e investigadores, de los antropólogos, como quien dice los antropófagos; de sus manos, que sacan del bolsillo una libretita para tomar notas, un lapicito, que accionan a escondidas la grabadora oculta en el bolso que cuelga de su hombro. Por las risas que brotan cuando escuchan la grabación de su voz clara, un poco nasal, un poco cantarina, voz de mujer de la montaña. Su voz, que responde a las preguntas maliciosas, con palabras simples, palabras inocentes.
No me atrevo a hablarle de la Zona, de la dura vida que ella lleva. La observo de vez en cuando, trato de leer en su cara rastros de violencia, sobre su frente, en sus ojos. Las citas con los notables del Valle en habitaciones miserables, los colchones manchados, un lavabo, un espejo desportillado, una silla de plástico en donde los hombres colocan su camisa y su pantalón.
Pero es ilegible. El mal ha resbalado por ella como agua salada, sin dejar rastro. Hombres que sujetaron sus caderas, que se recostaron sobre ella, hombres comunes, ni peores ni mejores que otros, hombres casados, con hijos, que viven en las nuevas mansiones de la Glorieta, la Media Luna, el Paraíso. Agricultores, tenderos. Acaso Don Chuy, con quien hablé por lo de mi estudio sobre la tierra, el que tiene el monopolio de máquinas para cosechar el garbanzo; un hombre que parece un cacique, alto y fuerte, con la piel casi negra de tanto estar bajo el rayo del sol.
Trigo, el notario, el hombre hacelotodo de Aranzas, alto y delgado, con un bigote alborotado, y que presume de ser el poeta del Valle. Lili. Lili es como una flor, una flor india, la flor de mayo, por ejemplo, con sus pétalos aterciopelados, su perfume de vainilla y pimienta, una flor resplandeciente de juventud y de vida. Esos hombres la han tocado, han respirado su olor, se han abandonado en ella. Cada vez le han quitado un poco de su vida y de su juventud. Ella ha conservado su mirada limpia, su voz ligera, su risa, su cuerpo de mujer y su cara de niña; su perfume de tierra.
Lili, tú no me interrogaste, no me preguntaste qué buscaba, por qué había venido. Sólo dijiste: "¿Y ahora?" Tú tienes la edad del basalto de los templos, eres una raíz imperecedera. Eres dulce y vivaz, has conocido el mal y te mantienes nueva. Tú repeles la franja de basura que bordea el canal, tú filtras el agua negra de la laguna de Arandino, tú haces brillar los muros y los techos de las casas de los Paracaidistas.
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Por Jean-Marie Gustave Le Clézio, fragmento de la novela Urania (2007).