DOS MINICUENTOS
el 12 mar En: Narrativa - 9 comentarios
Hablaba y hablaba...
Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.
FIN
Max Aub
* * *
La mano
El doctor Alejo murió asesinado. Indudablemente murió estrangulado.
Nadie había entrado en la casa, indudablemente nadie, y aunque el doctor dormía con el balcón abierto, por higiene, era tan alto su piso que no era de suponer que por allí hubiese entrado el asesino.
La policía no encontraba la pista de aquel crimen, y ya iba a abandonar el asunto, cuando la esposa y la criada del muerto acudieron despavoridas a la Jefatura. Saltando de lo alto de un armario había caído sobre la mesa, las había mirado, las había visto, y después había huido por la habitación, una mano solitaria y viva como una araña. Allí la habían dejado encerrada con llave en el cuarto.
Llena de terror, acudió la policía y el juez. Era su deber. Trabajo les costó cazar la mano, pero la cazaron y todos le agarraron un dedo, porque era vigorosa corno si en ella radicase junta toda la fuerza de un hombre fuerte.
¿Qué hacer con ella? ¿Qué luz iba a arrojar sobre el suceso? ¿Cómo sentenciarla? ¿De quién era aquella mano?
Después de una larga pausa, al juez se le ocurrió darle la pluma para que declarase por escrito. La mano entonces escribió: «Soy la mano de Ramiro Ruiz, asesinado vilmente por el doctor en el hospital y destrozado con ensañamiento en la sala de disección. He hecho justicia».
FIN
Ramón Gómez de la Serna

Grande Max Aub. Alguna conozco yo que lleva sin hablar con su hermana tres horas y siente la imperiosa necesidad de descolgar el teléfono y marcar para encontrarla. Eso es atracción, vicio, necesidad... ¿y qué se dirán? Joder se han visto hace 180 minutos. Y eso es a diario. Benditas las tarifas planas en llamadas locales y provinciales. Si no existieran, llevaría meses pidiendo limosna en la calle.
Por cierto Miguel, aquí te mando la dirección de mi Blog, para si tienes a bien, agregarme a favoritos. Así lo espero.
Besos: Antonio
www.antonioserranorubio.blogspot.com
Vengo observando que la necesidad de "bloggear"es eminentemente masculina...¿Qué pasa? ¿Que nosotras preferimos decirnos las cosas mirándonos a los ojos y ellos mirando a la pantalla del ordenador? porque decir, dicen y para que se oiga.
Sólo quería decirle a Ruica que hay cientos y cientos de blogueras. Supongo que minoría de todos modos, pero muchas, de verdad (yo mismo tengo algunas enlazadas).
Haberlas, claro que las hay... muchas, pero nosotras, aparte, no renegamos de ser "habladoras", comunicadoras presenciales...entonces me sorprende la necesidad masculina de decir y comunicar de manera virtual
¡¿Y nosotros renegamos?!
Envidia de que haya quien tanga, perdón, tenga, en qué estaría yo pensando, a tantas "enlazadas".
Y señalar que el hombre, por naturaleza, siente la imperiosa necesidad de dejar sus palabras escritas para la posteridad, que las sólo pronunciadas se las lleva el viento, como en la inmarcesible película jolivudiense.
Corolario a lo anterior:
Véase como ejemplo que la mayoría de los deleznables, aunque indelebles, grafiteros son, como indica la terminación de género, hombres al fin.
Pero enpersona, se pringan menos...mucho menos (por ahí van los tiros)