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A porfía, cada uno de nosotros iba descubriendo a su autor. Joyce, Cestov, Bergson, Fernão Mendes Pinto, Dostoievsky, empezaron a hacer tertulia con nosotros en el café. Era un arco iris humano que abarcaba el mundo. Fieles a la grandeza del pasado, nos esforzábamos por darle continuidad y renovación. Subíamos a los precursores en los pedestales de la comprensión y la gloria, orgullosos de ellos y de nosotros. Incluso en las tabernas de la bohemia estudiantil desplegamos el pendón del botín, en un esfuerzo hercúleo por sacudir las raíces de la Coimbra petrificada en la tradición. Marinho cantaba. Roseira, poeta, también tocaba la bandurria. Pero hasta en el fado procurábamos encontrar el lado noble, la pureza expresiva, en un rechazo sano de sentimentalismos groseros y de abulias turísticas. Queríamos ser la autenticidad de un Portugal local, que deseábamos hacer universal. En las márgenes del río cubiertas de sauces y pobladas de ruiseñores, mientras unos languidecían de melancolía, nosotros intentábamos revivir la lírica palpitante y viril de Camões, que era, para nosotros, la parte más perenne de su obra.

Es posible que este exceso de búsqueda y concienciación nos apartase humanamente a los unos de los otros. Literatos en el sentido polemizante del término, no nos quedaba mucho tiempo para fijarnos en el semejante que teníamos a nuestro lado. Y a mí me extrañaba no poder encontrar entre aquellos compañeros de inconformismo y de ilusión un amigo al que me diese tanto gusto ver como a Alvarenga. Buenos camaradas casi todos ellos, tenían los defectos de sus propias virtudes. Intelectualizados de la cabeza a los pies, apenas pisaban la realidad. Eran platónicos en el amor, teóricos en el deporte, metafísicos en el trato. La convicción de que eran únicos los distanciaba del vulgo, haciéndoles incapaces de un contacto permanente con las fuerzas ordinarias de la naturaleza.

-Bueno, adiós

-¿A dónde vas?

-A putas…

Cansado de tanta abstracción reaccionaba así.

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Fragmento de A criacão do mundo (1937/1981).

Traducción Eloísa Álvarez. La creación del mundo (Alfaguara, 1986).