LA SESIÓN

Una leve sonrisa asomaba entre rubios mechones que caían sobre su cara, pálida y rosa, mientras dormía. La cabeza reposaba en el brazo izquierdo como improvisada almohada y el resto del cuerpo, vestido de seda violeta, componía tan delicada figura que parecía levitar. Viéndola de este modo, tocada por la indolencia del sueño, parecía presa de la exte­nuación. Tal lasitud presentaba aquella mañana que, aún vestida de diosa, se dejó caer sobre el sofá de la terraza al llegar a casa de Jean, una espa­ciosa vivienda situada en Quai Voltaire junto al Sena. Y es que la sesión de la noche anterior se prolongó hasta bien entrada la mañana. Noche bañada en absenta, la del Café de Flore, donde OIga y Jean se habían cita­do con Pablo, pues éste quería trabajar en una serie de acrílicos sobre la diosa Juno, cuyo modelo ideal estaba en la amiga bailarina de Jean, lle­gada a París con los Ballets Rusos unos meses antes. Hubo cena, algún chiste mal contado, risas y humo. Luego, el grupo se trasladó al ático­estudio de Pablo en Montmartre, en el que OIga se transformaba en mito, el pintor vertía su frenesí en la tela y el poeta, echado en un camas­tro, observaba la escena al tiempo que iba anotando versos que después recitaba con voz solemne. Sólo pudieron aplacar tanta intensidad las den­sas volutas de opio que Jean hizo propagar por la estancia y de las que Juno ardiente se sintió dulcemente envuelta hasta primeras horas de la mañana, cuando de regreso al hogar, la mixtura de su propio sudor y la humedad del río ejercían en ella un poder tonificante para cuerpo y alma.

MP (2006)