Platón dijo: «el tiempo es una imagen móvil de la eternidad». Tal pensamiento obliga, de algún modo, a reducir el concepto para hacerlo más “asible” a la razón, y convenir, a fin de cuentas, que el «tiempo» es lo que duran las cosas sujetas a cambio. Exista o no el tiempo, sea movimiento y transformación de lo circundante o lo que fuere, el caso es que el ser humano se preocupó de calibrarlo con instrumentos (un débil intento de controlar lo que por sí solo se gobierna). Pero existe, bajo mi punto de vista, otra manera más agradable de medir el tiempo: hacerlo con palabras. Así, en un abrir y cerrar de ojos, santiamén, suspiro, en un decir Jesús, en un pis-pas, en menos que canta un gallo, en un periquete, en tiempo de Maricastaña, el año de la nana (o la polca), más viejo que Matusalén, cada muerte de obispo, de higos a brevas, de Pascuas a Ramos, etcétera, son expresiones que vienen a dar sentido al tempus fugit de la nuestra vida.