EL TRANVÍA COMO LA VIDA
el 24 dic En: Narrativa - 2 comentarios
[...]
Pero al fin dejé de pensar en lo que tan poco me interesaba, y recorriendo con la vista el interior del coche, examiné uno por uno a mis compañeros de viaje. ¡Cuán distintas caras y cuán diversas expresiones! Unos parecen no inquietarse ni lo más mínimo de los que van a su lado; otros pasan revista al corrillo con impertinente curiosidad; unos están alegres, otros tristes, aquél bosteza, el de más allá ríe, y a pesar de la brevedad del trayecto, no hay uno que no desee terminarlo pronto. Pues entre los mil fastidios de la existencia, ninguno aventaja al que consiste en estar una docena de personas mirándose las caras sin decirse palabra, y contándose recíprocamente sus arrugas, sus lunares, y este o el otro accidente observado en el rostro o en la ropa.
Es singular este breve conocimiento con personas que no hemos visto y que probablemente no volveremos a ver. Al entrar, ya encontramos a alguien; otros vienen después que estamos allí; unos se marchan, quedándonos nosotros, y por último también nos vamos. Imitación es esto de la vida humana, en que el nacer y el morir son como las entradas y salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar en generaciones de viajeros el pequeño mundo que allí dentro vive. Entran, salen; nacen, mueren... ¡Cuántos han pasado por aquí antes que nosotros! ¡Cuántos vendrán después!
Y para que la semejanza sea más completa, también hay un mundo chico de pasiones en miniatura dentro de aquel cajón. Muchos van allí que se nos antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto y hasta les vemos salir con disgusto. Otros, por el contrario, nos revientan desde que les echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez minutos; examinamos con cierto rencor sus caracteres frenológicos y sentimos verdadero gozo al verles salir. Y en tanto sigue corriendo el vehículo, remedo de la vida humana; siempre recibiendo y soltando, uniforme, incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su interior; sin que le conmuevan ni poco ni mucho las mal sofocadas pasioncillas de que es mudo teatro: siempre corriendo, corriendo sobre las dos interminables paralelas de hierro, largas y resbaladizas como los siglos.
[...]
Fragmento de La novela en el tranvía (capítulo II) de Benito Pérez Galdós.

Vive Dios, qué bueno este fragmento de una novela de Galdós de la que no tenía la menor idea que existiese y que es prueba evidente de que cualquier cosa que podamos pensar ya la habrá dicho alguien antes; y mejor.
Aplíquese a autobuses urbanos y a trenes metropolitanos y veremos cuán lúcida y actual resulta.
La pena es que ya no queden tranvías (al menos en España).
Aprendimos a eludir ese fastidio del que habla Galdós, colocándonos unos auriculares, abriendo un periódico, revista o libro, pintándonos las uñas,los ojos, mirando a través de la ventanilla para ver pasar edificios,vallas,campos o simplemente dormitar.
Cualquier truco que nos permita esconder nuestra mirada de las miradas del entorno, es válido.
Tímidos, frágiles y cansados compartimos vagón con posibles enemigos tan tímidos, frágiles y cansados como nosotros y dispuestos a...¿qué?
¿Será así en todas las culturas?
Pienso que no.