KINESTESIA

 

Le perdí el miedo a la piel desde la infancia

cuando olía a mandarina,

a moho y a pimentón.

Encuadraba imágenes,

filtradas  y almacenadas

bajo mis párpados

y hacía de los naranjos

entes evocadores de nostalgias.

 

Anidaba en  los ojos

y más adentro,

para palpar las manos,

el barro,

el óleo o la sangre.

 

Le perdí el miedo a la piel

propia

o ajena,

a las caricias, al abrazo,

a la voz que rebota en otra piel:

boomerang de venganza

que a veces guillotina la ternura.

 

Supe ser prisma,

pequeña pirámide de cristal,

para descomponer la luz

en siete tonos.

Supe ser gota,

 y capturar la blancura del sol

suspendida en la atmósfera.

 

Olor, tacto, palabra y movimiento.

Hace mucho,

mucho...

que perdí el miedo a decir lo que siento.

 


A mí también me gusta, mi querida My.